El ejercicio de los 9X9

diciembre 4, 2012 in Artículo, ENEAGRAMA

En el tren rumbo a Valencia para ir a ver a @Davidgil_82 con el que estoy montando el documental de www.lamiradadelasfieras.com. Estando en el tren, he decidido que ya es hora de volver a practicar el ejercicio de los 9 minutos del tiempo. Un ejercicio eneagrámico que permite alertarnos del olvido de sí constante.


El olvido de sí es una capacidad propia de nuestra máquina que consigue, mediante mil y un estímulos, hacernos olvidar dos conceptos básicos para la búsqueda de la conciencia, como son  las afirmaciones “aquí estoy” y “yo soy”.

El olvido de sí es el estado ordinario del ser que, identificado con toda clase de estímulos y proyecciones externas, se olvida de la realidad en pos de ideas, convertidas en imágenes, que le mantienen “ocupado” e identificado. Es el estado “normal” de la mecanicidad. Esa mecanicidad es difícil de observar en nosotros por ser muy nuclear y, sobre todo, por los innumerables tintes con que colorea a cada ser humano. No hay una regla determinante para decir de qué forma y qué estímulos se manifiestan el olvido de sí, para así, reconocerlo y separarse uno mismo de su mecanicidad.

Más efectivo es simplemente aceptar que estamos en una constante mecanicidad que nos aleja del recuerdo de sí. Sea cual sea el estímulo otorgado por esa mecanicidad.

Hay ejercicios para alertarnos de ese sueño en el que nos metemos en el constante devenir de nuestra vida. Estos ejercicios están diseñados como “despertadores”, aunque precisamos, antes que nada, de un esfuerzo extra que nos proporcione la suficiente fuerza de voluntad como para “utilizarlos”, puesto que, parte de la resistencia a hacerse más consciente de uno mismo está en que uno, en el fondo, “no desea” ser consciente de sí mismo, sino “alcanzar su yo idealizado” que no es más que el eterno “cebo” que nos mantiene agarrados al anzuelo de la mecanicidad.

Así pues, estos ejercicios suelen generar cierta incomodidad que nos invita a alejarnos de ese estado enajenado y a que nos instauremos, aunque sea por unos instantes, en el “aquí y ahora”, pero no un aquí y ahora con todo lo que llevo en la espalda (como podría sugerirnos un gestaltista), sino un “aquí y ahora” desnudo, una separación brusca del saco de pulgas, que no hacen más que invitarnos a rascarnos, y a abrirnos a la visión de un yo escondido bajo una superficie tricerebral (pensamientos, emociones, sensaciones).

Vamos a por él: Es un ejercicio muy sencillo, sólo precisa de un reloj capaz de emitir un pitido, o bien una vibración cada cierto tiempo. Una vez en poder de este sencillo artefacto, lo sincronizaremos para que emita una alerta cada 9 minutos exactos (para que el ejercicio pueda pasar desapercibido entre los que me rodean, yo lo hago en modo vibración sutil).
En cada intervalo trataremos de parar en una vacuidad de presencia y diremos esta frase:

1. Yo soy Iracundo.
2. Yo soy Orgulloso.
3. Yo soy Vanidoso.
4. Yo soy Envidioso.
5. Yo soy Avaricioso.
6. Yo soy Miedoso.
7. Yo soy Goloso.
8. Yo soy Lujurioso.
9. Yo soy Perezoso.

Una vez superados los nueve intervalos de 9 minutos… vuelta a empezar… o hazlo hacia atrás.

¿Cuánto tardarás en olvidarte de qué número sigue? ¿Cuanto tardarás en no advertir la alerta?
Recordemos que hay una cadencia, por lo que, si observas en qué afirmaciones tienes dificultad para recordar o bien repites por creer que estás aún en ese intervalo, te proporcionará material interesante para el descubrimiento de tu mecanicidades.

Cada una de estas afirmaciones procuraremos terminarla diciendo: “yo quiero ser YO”. Y, si nadie te ve y te apetece, puedes cruzar las manos en medio del pecho, la mano izquierda por encima de la derecha y la barbilla apoyada en el pecho (ya te digo, esto es opcional), puedes hacerlo o no, pero no “quieras hacerlo” para acumular tantos condicionantes que no puedas acometer la tarea por resultar demasiado compleja y robadora de tiempo.

No es un ejercicio complejo, pero si es un ejercicio difícil. Sobre todo ante la capacidad de mantener la atención en esa “alerta”.

Recuerda que es un “despertador”, por lo que te dará el coñazo. También, por lo tanto, las sensaciones para con él serán similares que cuando suena un despertador en un profundo sueño. Como despertador él sólo te da la alerta, lo demás “despertar” depende de tu fuerza de voluntad.

Seguramente que, como ejercicio, terminará siendo frustrante y no es tan interesante hacerlo bien, como “hacerlo”: hacerlo y observarse. Observarse en ese movimiento incómodo que te suscitan tus tres centros para que no acometas el ejercicio. Justificaciones mentales, excusas emocionales o pereza corporal. Los juegos y trampas serán realmente ingeniosos, a cada cual mejor diseñado. También es bueno observarlo y comprender con ello, lo lejos que estamos de una atención y voluntad conscientes.

Hemos de considerar que es muy importante establecer un final para el ejercicio, una terminación. Ya sabés lo obsesionado que suelo ser con el concepto de terminar, así que, para no obtener siempre un fracaso ante cosas que no determinamos el final, procuraremos marcarnos un objetivo claro y acertado que nos permita “cerrar la novena”. Que esa terminación venga dada por el final de una secuencia, así que puedes empezar y terminar con una secuencia de 9 intervalos y dejar las pruebas más largas para un claro proceso de “ponerse a prueba”, más que un indirecto pensamiento de “no lo conseguiré”. Tan sutil como contundente y enormemente efectivo.

A algunos de mis pacientes, a los que he invitado a hacer este ejercicio, me cuentan que en el trabajo, esta forma rápida de separarse y tomar distancia les ha ayudado para no entrar, como siempre, en un estado de alteración o abstracción que les impide verse más allá de lo que están haciendo en ese instante y, sobre todo, les permite retomarse y resetearse, en un aprovechamiento real de los siguientes 9 minutos.

Yo supongo que, desde ahí, debe generar algún tipo de efecto similar a la técnica del “pomodoro”. Aunque la finalidad ulterior no es ese aprovechamiento del tiempo en pos de la productividad, sino la toma de conciencia por encima de la mecanicidad.

Un ejercicio parecido enseñaba Gurdjieff cuando instaba a alguno de sus alumnos a ser capaz de poner la atención en el segundero de un reloj y no desviar esa atención lo más mínimo en un pequeño e insignificante minuto. Os puedo asegurar que es un ejercicio realmente difícil y frustrante.

La observación de un ego incapaz de mantener una atención, un rumbo, un movimiento nuevo, nos permitirá “caernos del Dragón”, ese caballo ideológico que, por ser incapaz de estimarse a sí mismo, adquiere la facultad de regurgitarse en una falsa autoestima que pasa por un idealizado reconocimiento constante. Cómo decía… no sé quién: “aquello que tratas de sujetar no te pertenece”.

Haz la prueba y me cuentas. ¿Qué sucede cuando acometes el ejercicio? ¿Qué emociones, sensaciones, pensamientos te asaltan saboteadores?

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