El cuento de mamá [Cuento en vídeo]

fábulas Feb 17, 2022

Hoy es tiempo de cuentos te voy a contar un cuento que escribí­ hace muchos años para la formación de cuentoterapia de Lorenzo Hernández.

En la cuentoterapia se utilizan los cuentos para sanar ciertos problemas en nuestro interior no resueltos.

Hoy te voy a contar este cuento y me gustarí­a que estuvieras muy atento a lo que sucede en ti cuando éste va relatando. Permítete escucharlo con orejas de niño y dejarte sentir lo que sea.

¡Acompáñame pues!

[He grabado el cuento en vídeo, por si prefieres verme a mi contándolo]

Desde los confines de la memoria, desde la más tierna infancia, desde que los tiempos dijeron "hágase Yo", desde el ahora; mamá prepara la cena.

Y la prepara siempre, un día tras otro. Siempre preparando alimento para sus queridos niñitos, incansable, constante, impertérrita. Sin el más mínimo atisbo de confrontación.

Nuestro cuento empieza cuando una de esas "madres" tiene un atisbo de duda de sí.

Érase que se era la madre de los niños que, como todos los días, salía al sol a preparar la comida para los suyos.

Normalmente, y como era costumbre por aquellos lares, mamá recogía todo tipo de fruta y verdura doméstica. La comunidad de vecinas había dispuesto un gran huerto, que rebosaba de coles, lechugas, apios, berenjenas... Lo indispensable para una opípara comida.

Así también, en los frutales se jalonaban naranjas, peras, cerezas... Manjares de dioses que habían sido dispuestos para que, tanto la madre como los niños, comieran como si fueran dioses.

Hete aquí que mamá, como todos los días, llegó al huerto y se alarmó como nunca lo había hecho.

El huerto estaba seco.

"¡El pozo se ha secado!" - gritaron las viejas vecinas, "habrá que ayunar y peregrinar para que nos sea devuelta el agua".

Pero mamá, que no estaba dispuesta a que sus niñitos pasaran hambre, miró intensamente el bosque lejano, que ahora le pareció cercano.

"¡En el bosque no encontrarás alimento, sólo árboles viejos para leña y zarzas dolorosas" - le gritaron las viejas.

Y mamá, no sabemos muy bien porqué, ya que eso escapa a la razón razonable y razonada, se encaminó al bosque por el camino estrecho.

Tenían razón las viejas: no había más que árboles sabios y zarzas llenas de fruto.

Pensó entonces que debían ser venenosas.

Las probó.

Contenta, mamá abrió su delantal y se dispuso a recoger tantas bayas como fueran necesarias para alimentar a sus hijos.

“¡Hay!” duele, “¡hay!” pincha, "¡hay!" rasca.

Y llenó su delantal de todo el alimento que le era necesario para nutrir y ayudar a sus hijos a crecer.

Cerró su delantal con las manos ensangrentadas, lo escondió al lado de su vientre y volvió a su hogar.

El comedor era extraño, no más que todos los del vecindario. Consistía en una mesa grande y larga, una potente lámpara encima... Y ya está. No podría decir si ese comedor era grande o pequeño, ya que la oscuridad se perdía en sus rincones y no era posible definir los límites del espacio.

Mamá dispuso las bayas en medio de la mesa, dentro de una gran fuente de madera. Y colocó 12 platitos de oro.

Igual que siempre, sólo que en lugar de apios, berenjenas y todo tipo de hortalizas del huerto, había sólo una gran cantidad de bayas silvestres, aderezadas con sal y aceite y cocinadas con trozos de carbón.

"¡A comer!".

Entró corriendo la Alegría y se sentó.

Luego el Valor, que tomó también su puesto. La Hermosura fue la siguiente, toda emperifollada ella y más grácil que un papagayo.

La verdad, no sabría decir cuántos niños se sentaron a cenar, pero no había 12. Ni mucho menos. Habría como 6. Y de sus nombres... Tampoco sabría decir, sólo que todos eran bellos.

Mamá, al ver que ya no venía nadie más a cenar maldijo su metedura de pata de siempre:

"¡Ya he vuelto a pensar que tenía más hijos que los que están a la luz de la lámpara!"

Y sirvió las bayas a sus niños.

"Esto no es normal.” - Pensaba contrariada mamá. “He preparado más platitos de oro de la cuenta, eso es normal, pero he preparado más alimento de la cuenta, y eso, no es normal".

Y como no era normal y no era razonable, dejó de pensar en ello.

Y sintió que la mesa estaba medio vacía.

Y por muy normal que pareciera, sintió que... no era normal.

De repente….. sintió una enorme congoja al darse cuenta, que quizás no había puesto platos de más, sino que había niños de menos.

Taciturna, casi por pura intuición miró a su alrededor, hacia las sombras, más allá de los confines de la luz, donde no hay paredes porque no se ven... Y no vio nada.

Y no por ello dejó de sentir un agudo remordimiento.

Así que, se acercó a la oscuridad.

Al principio no vio nada. Tampoco vio nada después y esperó.

Y cuando se cansó de esperar... Alargó la mano...

Y esperó y, cuando se cansó de esperar, dio un pasito pequeño a oscuras, sin ver a donde iba... Y esperó.

“Mamá..." - oyó mamá.

Y alargó más aún la mano.

Y dio un pasito más en la oscuridad sin ver dónde iba.

Y escuchó.

“Mamá...tengo miedo” - y mamá sintió miedo.

Pensó en irse de allí corriendo y acercarse a la luz, pero ya había escuchado su nombre y que alguien la llamaba.

Alargó temerosa su mano y tocó otra mano. Fría, pequeña y frágil que se retiró enseguida.

Y mamá, volvió a alargar la mano y volvió a tocar la mano.

"¿Eres mi hijo?"

"Soy Miedo”.

"¿Pero eres mi hijo?.

"Sí”.

Mamá acarició esas manos frías y ese cuerpo frágil que temblaba. No veía nada, así que, imaginó cómo sería el miedo, pero le dio tanto miedo, que dejó de imaginar el miedo y siguió tocándolo.

“¿Desde cuándo estás aquí?” - preguntó la madre.

“Desde que no me quieres contigo” - contestó el hijo.

“Ven conmigo” - le dijo ella.

“Tengo miedo” - le contestó temeroso el pequeño.

“No tengas miedo”.

“Eso estoy esperando a no tener miedo. Me dijiste que hasta que no tuviera miedo no estarías orgullosa de mi y no me llevarías a la cena y no me enseñarías a las vecinas.”

“No tengas miedo” - le insistió la madre.

“Nunca dejaré de ser Miedo”.

Mamá se entristeció y sintió un gran remordimiento, como si se mordiera a sí misma. Nadie sabe cuántas veces había conversado con el miedo, ni cuántas veces lo había dejado allí para que dejara de ser.

Lo que sí sabemos es que esa vez hizo algo distinto a lo de siempre, algo nuevo.

“Eres mi hijo, te quiero tal y como eres, ven conmigo”.

Y miedo lloró.

Y el llanto conmovió a mamá y lloró con el miedo.

Y, tratando de no soltar al miedo, lo llevó hacia la mesa para darle alimento que le ayudara a crecer y desarrollarse.

También, entendiendo que la luz podría secar al miedo, bajó las luces a una cálida sensación de atardecer.

Y se sentaron todos a la mesa y dio al miedo lo que era del miedo...

“Aún sobran bayas, aún hay platitos vacíos” - pensó ella.

Así que caminó de nuevo hacia la oscuridad. Entró un pie y luego otro, pues tenía miedo. Escuchó atentamente:

“Mamá” - oyó.

Alargó la mano y tocó una mano caliente, ¡casi abrasante!

“¿Quien eres?” - preguntó sorprendida la madre.

“¡Soy enfado! Y no me vengas a decir que cuando cambie que venga, estoy aquí porque no quieres que esté enfadado y no puedo dejar de ser enfado”.

“Lo siento, hijo”.

“Estoy enfadado, muy enfadado contigo, y no se me pasará”.

“¿Pero, eres mi hijo?”

“¡Claro que sí, qué pregunta más tonta!”

“Pues quiero que vengas conmigo”

“No puedo venir, no puedo dejar de ser yo mismo”.

“Ven conmigo”.

A pesar de que al tocarlo casi quemaba, mamá lo tomó en brazos y Enfado, rebuscando y protestando, se dejó coger y abrazar.

Puso a Enfado al lado de Alegría, pues le pareció que ponerlo al lado de Miedo no sería respetuoso.

“A Alegría seguro que le irá bien un poco de Enfado y a Enfado un poco de Alegría” - pensó.

Alegría sintió cierta decepción de que la juntaran con ese indeseable, pero acabó por sentir la misma alegría que antes de que llegara Enfado, así que no importó.

Alegría reía, Valor alardeaba, Hermosura se pavoneaba, Miedo tiritaba y Enfado se enfadaba... Y los demás también eran lo que eran, aunque no recuerdo ahora qué eran.

Mamá sirvió un platito de oro a Enfado, que lo recibió de mala gana, y... fue hacia la oscuridad de nuevo a seguir buscando.

Alargó la mano en busca de otro de sus hijos y encontró un pie.

“¿Quien eres?”

“Soy Enfermo y no puedo salir de aquí porque no estoy curado aún”.

“Yo te curaré”

“No puedo dejar de ser lo que soy”

“Yo te cuidaré”

“Cuídame mamá”.

Retiró una silla y en lugar de ella puso un montón de cojines, unas gruesas mantas y, recostando a Enfermo, ahí le sirvió alimento.

De vez en cuando, Enfado gruñía y Miedo se asustaba. Así como enfermo tosía y como Valor no paraba de hablar de sus hazañas.

Y siempre alguno necesitaba algo, bien sea un abrazo, bien sea un grito, bien sea un buen aseo, bien sea una charla, bien sea un llanto.

Y entonces se percató de que se sentía bien. Se sentía enfadada, así como con alegría, como con miedo, valerosa también.

Sentía que tenía muchas cosas y que empezaba a sentirse una familia.

Cuentan que aún salta de la iluminada mesa del comedor a la oscuridad de la noche en busca de hijos perdidos y que la han visto correr por el bosque como una loba.

Hay quien dice que es de esas brujas malas malísimas que tanto pueden reír como llorar, como enfadarse, como tener miedo.

De esas que no hay que fiarse. Que se rigen demasiado por sí mismas. Que se buscan demasiado, que sirven demasiado y que viven demasiado.

Yo sólo sé que es mi mamá.

Y este es el cuento de hoy.

dime qué ha resonado en ti al leer/escuchar este cuento. Y, también, no te olvides suscribirte, darle al like y activar la campanita de notificaciones.

Porque más de estos cuentos esperan pacientemente salir de mi cajón de terapeuta.

Un abrazo,
Gerard

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